Mercedes Replinger

(…) Posesión es ya un término que nos pone en alerta sobre las dificultades que entraña adoptar los rasgos, asumir el rostro ajeno como acceso inmediato a la comprensión del otro. Para nuestra cultura no tener un control absoluto del propio rostro es siempre signo de estupidez o de falta de autonomía; rechazo del proceso de metamorfosis que la mímica, la gestualidad implica. Por ello en muchas culturas se restringe la libertad del rostro que no debe transparentar las emociones, los pensamientos que agitan el interior del individuo, la razón más profunda para este enfoque es la constante exigencia de autonomía del hombre. A nadie se le permite penetrar en otro. El hombre ha de tener la fuerza de permanecer igual a sí mismo…porque es la influencia de un hombre sobre el otro la que incita a interminables, fugaces, metamorfosis 1. Allí donde la imitación de los gestos, la gesticulación está condenada socialmente; allí, también, se rechaza el proceso, las estrategias que asumen el rostro del otro como referente. Frente a la metamorfosis sólo encontramos las máscaras impenetrables, rígidas, que marcan una distancia infranqueable con el que mira. Deshacer un rostro, como señala Deleuze, no es nada fácil. Una posibilidad quizá, se encuentre en el proceso de desterritorialización, hallar un uso nuevo del rostro que no implique regresión animal ni vuelta romántica al ser primitivo, sino construcción rizomática que penetra en los rasgos y deshace la horizontalidad impenetrable del propio carácter y subjetividad: sólo en el agujero negro de la conciencia y de la pasión subjetivas podremos descubrir las partículas capturadas, alteradas, transformadas que hay que relanzar para un amor vivo, no subjetivo, en el que cada uno se conecta con los espacios desconocidos del otro sin entrar en ellos ni conquistarlos, en el que las líneas se componen como líneas quebradas 2. En el fondo oscuro de las cajas de esta instalación, que sólo presentan un ángulo concreto de apertura, el contorno de los rostros se ha quebrado en múltiples direcciones confundidas las imágenes y sus reflejos, haciendo imposible distinguir a quién pertenece cada uno de los rostros, o si estos están realizados a partir de uno o por la superposición de varios. Ningún indicio de subjetividad, ninguna referencia que permita el reconocimiento aislado. Quizá, entonces, por fin seamos capaces de no mirar el rostro del otro.

Es decir, parafraseando a Lévinas 3, quizá seamos capaces de un acceso ético al rostro del otro que no pase por la percepción que, inevitablemente, termina por convertir al otro en objeto. Roto, el espejo, dice Antonia Valero se trata de exponer un reflejo fragmentado y el cruce permanente de los límites entre los cuerpos y los discursos del otro. Una serie infinita e indistinta de rostros deformados, liberados de los rasgos que los sujetaban, unidos ahora por el sentido de la travesía. Por eso, estas cajas no tienen un número concreto, su longitud depende exclusivamente de la extensión del viaje. Cajas-maleta, tan móviles como el propio proceso de metamorfosis de los rostros: maletas que permiten otra forma de ver, reflejos de reflejos, en un soporte que siempre estará desplazándose. Frente a la normalización del espacio, reducido lo extraño y ajeno a lugares de exclusión, el gueto y el apartheid, unas valijas como casas portátiles donde esa sociedad multicultural quizá pueda encontrar un espacio común. La casa es el recogimiento de lo propio en su propio rito/ Pero lo propio abierto:/lo íntimo, no lo cerrado! La interioridad que abriéndose no deja de ser interioridad; /la intimidad: / lo que la hospitalidad abre 4 (…)

1 Elías Canetti: La metamorfosis en Masa y Poder. Barcelona, ed. Muchnik, 1981, p. 373

2 Guilles Deleuze y Félix Guattari: Año cero-rostrosidad en Mil mesetas…op. Cit, p. 193

3 Emmanuel Lévinas: Ética e infinito. Madrid, la balsa de la Medusa, 2000, pp. 71 – 75

4 Hugo Mújica: Poéticas del vacío. Madrid, ed. Trotta, 2002, p. 125

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