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Juan Carlos Rubio.

Arcadia fue paisaje soñado en un tiempo encaminado al dominio de las fuerzas de la naturaleza. Su evocación ahora, tras un siglo de afectación tecnológica, quiere situarnos en un contexto llano en el que nuestra mayor comprensión de los fenómenos externos impide con excesiva frecuencia el desarrollo de los sentidos propios de la percepción.

Será en este contexto cuando abramos el camino para la presentación de las obras que Antonia Valero (Madrid, 1952) somete a un titulado tan poético como chirriante para los oídos del fin de siglo, muy enfermos de vértigo y menos propensos a la lírica. Natura de Amore, el pórtico de un aparente sosiego que aúna dos nociones aprendidas convencionalmente, pero epicéntricas en

nuestra precipitada existencia, plantea una nueva incursión sobre los límites de la pintura, al tiempo que evidencia el interés de la artista por una narrativa cercana al espectador y llena de misterios.

Las obras de Antonia Valero, realizadas en un material tan plástico como el tejido de medias, lycras y sedas, retornan la auténtica dimensión de expresión última de un oficio, ahora relacionado con la costura, ahora vertical, monocromo, que sustituye la pincelada por una retícula de luces y sombras, unas veces protagonista, en otras testigo epidérmico. Estas telas, podríamos decir, que ocultan trozos del paisaje del amor más característico, se afirman en la disección de huecos y pliegues, en el repliegue y el nudo, para entrar más en sí y encontrarse en su centro profundo, como en un éntasis ensimismado que paraliza el fragmento y lo envuelve para conservado, o tal vez sanado, curando con gasas las heridas abiertas.

La artista arregla los acervos de la lencería a modo de segunda piel, de superficie o material de dibujo, utilizando fibras textiles de última generación pensadas para la caricia y la protección temporal, el luto o el placer. La lectura de las obras se dota, entonces, de una engañosa inmaterialidad que desaparece en el tamiz de la retícula, pues separación no cabe -tramas y tramados se necesitan mutuamente- surgiendo tenues escenografías de lo orgánico, siempre insertas en los cuatro puntos cardinales de un erotismo de naturaleza geométrica que dialoga frontalmente -se exhibe- con su exterior y se acomoda limpio a cualquier mirada.

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