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Antonio Zarco

Hace algún tiempo escribí unas líneas para presentar un grupo de obras de Antonia Valero. Eran sus primeras ideas y obras decididamente encaminadas a un mundo no representativo, en las que el elemento germinal era la celosía, entendida como la frontera entre el dentro y él fuera, entre lo ascético y lo emocional, entre lo íntimo y lo otro. Físicamente, se trataba de mallas, generalmente metálicas.

Algunas de aquellas palabras mías podrían seguir usándose ahora, pero aquellos pasos se han convertido en una andadura ya abiertamente personal, en la que Toña se mueve con la soltura de quien usa lo que ha creado “ex novo”, y con la emoción del continuo progreso en el encuentro, en el descubrimiento, sin que debamos olvidar que solo se encuentra lo que se busca. Ahora, ella transita su mundo sin esfuerzos aparentes, sin gestos innecesarios; en su obra actual no hay nada que, ni remotamente, sea un aspaviento. La zambullida en un mundo interior de sensaciones táctiles, cromáticas, espaciales, ha enriquecido su posesión particular en la misma medida en que el rigor, que ya estaba en la muestra a la que aludo al principio de estas palabras, ha mantenido su presencia y su jerarquía. Un mundo riquísimo de sugerencias, alusiones, quasipresencias, aparece ante nosotros afantasmado. Lejos de toda narración, ella nos conecta con las categorías plásticas más sutiles, imaginativas y desrealizadas. La raíz de esta postura está en una especie de soledad gozosa, sensual y sensitiva, que no ha cortado su cordón umbilical con los místicos de nuestro mejor barroco.

Si miramos y vemos (cosas muy distintas), percibiremos que el lenguaje se ha hecho más íntimo, más vívido, casi visceral-anímico (¿podremos hablar de las vísceras del alma?) que los signos formales, cromáticos, táctiles, pertenecen al linaje de lo recóndito, de lo secreto, de lo destinado a nuestro uso propio e intransferible: tejidos finísimos, a veces casi impalpables, pliegues, transparencias, levísimas sombras, luminosidades difusas; un elenco de “útiles” mentales y sensoriales que a primera vista nos llevan directamente a un mundo femíneo, casi erótico, (¿otra vez los místicos?).

Pero como casi siempre ocurre en Arte, las “primeras vistas” engañan, tapan, velan. Hay que desvelas (y nunca dicho con más oportunidad) la obra con miradas y vistas sucesivas. Como es ya natural en Arte, lo que se mira a primera vista, tapa lo que ” hay que ver”. Debajo de esa apariencia delicada, sutilísima, hay una intención y una presencia plásticas contundentes, decididas, fuertemente jerarquizadas y ordenadas.

Su raíz barroca está en el punto de partida, en el subsuelo del cuadro; es su condición sine qua non, es su matriz.

El desarrollo y crecimiento de tal raíz barroca, en la obra ya hecha, da como resultado una barroca mixtura en la que lo maleable, lo dúctil, lo sensual se cruzan con el rigor de la frontalidad, con la serenidad de lo simétrico, con la ponderación de la estructura espacial, con el color quintaesenciado, en una doble voz que es la llama velada, prisionera en su propia lumbre, por un lado, y por el opuesto, es orden pugnaz, silencio tensísimo, forma a punto de estallar. Las tensiones aparecen en sus atirantamientos, en sus casi desgarros: el misterio más sugeridor está en sus nudos, en sus abultamientos, en sus pre-realidades. Obra riquísima en contenidos apenas apuntados, desnuda de toda retórica innecesaria, (lo que no veda el uso de un lenguaje muy medido y meditado), con un cromatismo afilado y afinado al máximo.

Antonia Valero da con estas obras pasos decisivos hacia la total posesión de su mundo y hacia el total dominio de su lenguaje. Sabe lo que quiere, y sabe como se logra. No es obra fácil para públicos apresurados, casi sordos a fuerza de oír gritos. Aquí no se grita, no se usa la violencia para retenemos, ni la vulgaridad para intimar con nosotros. Aquí se ha escogido el camino que lleva lejos del mundanal ruido. Juan de la Cruz sabía de estas delicias soterradas, de estos caminos apenas transitados. Caminos difíciles para el común de las gentes, dulcemente difíciles para otros, entre los que estamos Antonia, ustedes y yo.

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