La percepción del espacio y sus implicaciones temporales ha sido desde siempre uno de los territorios recurrentes para la reflexión. A partir de la aparición de los espacios cibernéticos, las nociones tradicionales se han tambaleado dando lugar a nuevas propuestas también técnicas.
Estos problemas espaciales, tendrían que constituirse como lugar para una reflexión sobre los espacios construidos y los espacios imaginados. No es el espacio en si mismo ningún valor, lo es la transformación dialéctica entre obra y lugar. La obra transforma el espacio y le da carácter de lugar y el lugar como espacio significativo transforma el contenido de la obra.
Cada artista y cada obra trae implícita una idea del espacio diferenciada. Se trata de distintas maneras de entender el mundo, del cual el espacio y las imágenes son meras muestras. Realidad y ficción, ilusión y presencia material son algunas de las facetas que debería mostrar la escultura, en el arte contemporáneo, aguijoneando la imaginación y el intelecto del espectador.
Todos los medios artísticos ocupan un lugar en el espacio, pero la pintura, la escultura y la arquitectura, son obras que una vez finalizadas, presentan un estado de existencia permanente. Las obras escultóricas, además poseen una doble realidad, son imágenes y objetos al mismo tiempo, crean una intimidad con las cosas de la naturaleza, con el cuerpo humano, reposan en el suelo y dejan traslucir una afinidad que difícil pasar por alto.
El mayor grado de eficacia que puede alcanzar una escultura, es cuando están fijas en un lugar que se ve afectado por su significado y, que a su vez determina el de la obra; alcanzando su máxima realización cuando es monumental y exterior, como sería el caso del David de Miguel Ángel.
El principal valor de una escultura radica en su condición de objeto físico que comparte el mismo espacio que nosotros, que lo habita con nosotros y que refleja la interpretación del mismo. Su presencia nos induce al contacto físico.
Los objetos esculpidos comparten la naturaleza de los materiales empleados y se impregnan de las distintas connotaciones que estos tienen.
Plinio nos cuenta que se solían utilizar cuencos de barro para ofrecer libaciones a los dioses porque el barro revela a las personas atentas “la generosidad indescriptible de la tierra”.
Un escultor como Henry Moore nos muestra la afinidad entre la humanidad y su origen y hábitat naturales, resaltando las vetas de la madera y representando la figura humana en formas que derivan de los patrones de crecimiento de los árboles.
Existe una amplia gama de significados dependientes del material seleccionado y del empleo de los mismos. Los que aspiran a la inmortalidad y los que son deliberadamente frágiles, utilizados más modernamente como enemigos de lo permanente.
La manipulación de los materiales nunca puede ir disociada de los fines estéticos del artista, ni de su estado de ánimo. La elección de un determinado material ya encierra en sí misma la intención expresiva e inevitable del momento. Pero, además, los materiales, incluso los más toscos, los más sencillos y efímeros, han sido conceptualizados. Tal como dijo Valèry: “El mundo moderno está volviendo a ser construido a imagen y semejanza de la mente humana”.
Creo que una de las premisas actuales para otorgar a un objeto la categoría de artístico, no podría dejarse al azar esparciendo restos aunque estos estén cargados de cierta intención y se encuentren dentro de los circuitos artísticos. Sería necesario que las ideas y los materiales se manipulasen como si realmente fueran sentidos. Únicamente de esta manera podríamos realizar una auténtica obra de arte.

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