NONI BENEGAS

Conocía el espacio. Esa segunda y última planta del palacio de la Mosquera, casi un desván, diría, replegado bajo sus techos abovedados. Lo recordaba en su quietud, sin embargo arrasada. Un lugar que atrae y expulsa a la vez. Pero no como se expulsa a un extranjero, sino como cuando se entra en una intimidad ajena, el pudor nos gana y sentimos que hemos de alejarnos en puntillas. Encerrado, confinado en lo alto de una empinada escalera tras una pequeña puerta, demasiado pequeña, para la inmensidad a que abre. Así, conociéndolo de antemano, me sorprendió el nombre Moradas, destinado al proyecto que allí se llevaría a cabo, como una suerte de contradicción. Porque si hay algo que emanaba del sitio, era la impronta de un espacio que tras haber sido habitado, exhibía ahora desnuda, mansamente, la ausencia de sus moradores. Inútil buscar en los suelos el suelo original para rescatar esas huellas, esas pisadas. Apenas si los muros heridos permiten ver, tras capas y capas de tejido cicatricial, la carne viva de aquellos tiempos. Dejarlo solo en su inmensidad de ausencias. Como un ritual de duelo que no cesa, melancólico. Ponerle Moradas ¡qué ironía! era apuntar con el dedo y mostrar la falta. Pero esta sería una manera de mirar. La otra, una vez que volvimos al sitio y comenzamos a recorrerlo, a demorarnos, fue descubrir, debajo de ese flujo de figuras del pasado que sigue abandonando el lugar, otra corriente contraria por la que llegan, intactas, las constantes vitales de su creación. Como cualquier cabeza en proceso, y el desván lo es de un edificio puesto que lo corona, había acogido, animoso, intervenciones posteriores. Desde endebles tabiques, armarios, lavabos o mingitorios hasta nidos de golondrinas, como quien cobija ideas eficaces en su momento, que luego caen en desuso. Y esto, sin dejar de mirar con sus múltiples ojos semejantes a las facetas del ojo de una mosca, el mismo sol, la misma montaña, para extraer su equilibrio del exterior grandioso, al ponerle marco, orden, al encuadrarlo. Y digo ‘cabeza en proceso’ porque el edificio que la sustenta quedó en suspenso, sin acabar. Al punto que detrás de una puerta barrada por tablones hacia el fondo de la planta, es posible espiar el hueco gangrenado del rudimento de otra escalera. De otra salida que hubiera conectado con otra parte de ese cuerpo que no llegó a cuajar. Así, desde su creación, el sitio que nos ocupa tuvo las mismas carencias que nosotros. Esa otra ala que nos faltó para volar. ¿Pero no sería su misma naturaleza de obra en curso lo que le permitiera acoger tantas ideas sucesivas mansamente, como surgidas de su propia dinámica de edificio en construcción? Es decir, anhelante, provisorio, abierto a lo por venir… Y más aún, esa fuerza que conserva y el vacío contagia como si estuviera disponible, presto a ser conquistado, a servir de escenario potencial para nuevas realizaciones ¿no le vendrá también de su destino inicial? Hablo de esa vida anónima, laboriosa, y por tanto más ágil que en este desván floreció, la del pueblo llano, opuesta a la vida de los lentos salones de la planta noble, cargados con los gestos y ademanes graves, previsibles, de sus connotados señores. Una vida más ágil por anónima, inaugural –la del pueblo llano, la de nosotros- que aquí soñó y amó, puso el cuerpo, la presencia, y así corporeizó el espacio con su forma un instante, dentro del vasto cálculo de los sitios históricos, y lo dejó para siempre convertido en lugar. Es decir, humanizado, pero sin poseerlo, sin datarlo, sin fecharlo: llegada y partida del señor X, cese de las obras. Parálisis del edificio. Pues no, aquí se agitó una vida burbujeante emanada de la impronta de sus moradores, brevemente instalados. De igual manera, los artistas que hoy lo pueblan dan forma a este espacio abierto, vivo, con la presencia de sus creaciones inolvidables un instante, memorables. Ahora entiendo el título “Moradas”. Las de hoy, a modo de palimpsesto que recoge las señales tenues del pasado de un espacio y las propias del artista al formar parte de él, aunque más no sea un momento dentro del vasto ciclo histórico. Reinterpreta, torna a interpretar con el instrumento de su arte, añadiendo notas, compases propios surgidos de sus sueños o delirios, de sus pensamientos u asociaciones de imágenes vislumbradas bajo sus bóvedas, de un modo nuevo, inaudito hasta ahora, el alma del lugar.

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