LAS CELOSÍAS DE ANTONIA VALERO . 

Antonio Zarco

Celosía: enrejado de listoncillos que se pone en las ventanas para que las personas que están en lo interior puedan ver sin ser vistas.  (Diccionario de la Lengua Española de José Alemany.)

La anterior definición que de celosía da el diccionario, contiene ya en sí misma elementos suficientes para intentar penetrar en algunos de los varios, posibles y sugerentes significados: ‘lo interior”, “ventana”, “ver sin ser visto”, lo cual supone y crea inmediatamente los conceptos opuestos o complementarios: “lo exterior”, “ser visto sin ver” , todo ello enmarcado (nunca dicho con más precisión) por una ventana, paradigma a su vez de todo cuadro. Tenemos de este modo una sugerencia espacial, limitada por el marco (¿de la ventana?, ¿del cuadro?) que a su vez define dos modos o tipos de espacio: espacio interior (¿físico?, ¿metafísico?, ¿espiritual?) Y espacio exterior (también en las tres posibilidades citadas), y un elemento plano (o cuasi) que los separa: la celosía. La celosía se constituye así en la frontera o barrera que media entre dos formas de entender no solo el espacio, sino sobre todo, el modo de habitarlo. Aquí está la clave del trabajo que con estas palabras intento aproximar al posible espectador.

Toña ha elegido no lo que podríamos denominar “interior” , al modo de los pintores del XVII, y sus derivaciones, ni tampoco “exterior” entendido este como “paisaje” en general, sino algo mucho más sutil, “delgado” , misterioso e inconsistente desde el punto de vista de lo físico: esa barrera que separa los dos modos de habitar el espacio. En uno de ellos están el silencio, la quietud, la soledad, la tensión que todo ello produce, el descubrimiento del propio interior personal y a través del mismo el del interior universal, supremo, Místico: el espacio de Dios

En el espacio” del otro lado” están el mundo cotidiano, sus ruidos, actos, movimiento vida exuberante (o mezquina); la luz, el color, la materia activa, en suma el espacio del hombre.

Pero no podemos olvidar que los dos grandes místicos españoles, que a Valero le han alimentado en la labor cuyos resultados tenéis delante, son dos místicos que, en lo radical de su postura, “crean o inventan” una nueva experiencia de ese contacto con el espacio de Dios mismo. Teresa de Ávila y Juan de la Cruz “se descubren” embarcados, transportados, raptados hacia ese terrible, supremo e incomunicable acto espiritual que es el encuentro con lo esencial, y que en otros modos de espiritualidad (no digo religiones) se traduce en una renuncia casi total al mundo cotidiano y activo, en un abismarse en si mismos, en un silencio, quietud e inacción que son como un anticipo de la disolución total en lo supremo. Juan de la Cruz y Teresa de Ávila, muy al contrario, reciben de ese “encuentro” aniquilante, una extraña energía que les empuja hacia “afuera”, a la acción, al mundo: traspasan la CELOSÍA que separa los dos espacios, los comunican y a la postre descubren a Dios, también entre los pucheros. El misticismo español es un misticismo materializante, vital, que está muy cerca del erotismo, y que en cierta medida, burla burlando, y de la mano de Dios, anticipa en cuatro siglos las teorías que hoy intentan enlazar ambas experiencias: la mística y la erótica.

Antonia ha elegido bien. No se ha quedado en el espacio interior solo, ni ha saltado al exterior solo, se ha quedado en la línea divisoria, en la bisagra que conecta los dos mundos, en la sutil pared casi transparente que es la Celosía. Para ello ha elegido, muy a lo Teresa de Ávila, materiales del mundo cotidiano; madera, papel, telas metálicas, poca pintura, apenas nada El resultado es íntimo, no espectacular, desnudo de toda retórica, cercano a un “voto de pobreza” hecho ante la pintura, y es de rigor anotar con que pulcritud, con que enamoramiento ha manejado estos materiales, con la misma parquedad y ternura con que Juan de la Cruz maneja sus palabras, con el mismo ardor contenido, haciendo del número y la medida una sutil ecuación con la materia de todos los días. Y si Antonia Valero está en la línea divisoria ¿donde sitúa al espectador? Justamente a ambos lados de esa línea; podemos ante estas obras ponernos “detrás” de ellas o delante, lo cual no es, hay que decirlo, más que señalar, una vez más, lo que ha hecho siempre la pintura y el arte en general. El autor queda siempre en y detrás de su obra “mirándonos sin ser visto”; el espectador, queda delante, viendo la obra sin saber que la obra, y a su través el autor, le están mirando desde detrás. Pero si logra abrir la celosía, si penetra a través de su tejido, más o menos tramado, llegará dentro. La comunicación en el arte, cuando se da, es otra especie de acercamiento a lo absoluto. Y aquí tenemos para ello una buena ocasión, una casi ascesis plástica que es un punto de partida para otros encuentros.

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