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M. R.

“Formó de tierra y de saliva un hueco, el único que pudo al cabo contener la luz” (José Ángel Valente: Al dios del lugar)

La Pintura como un ejercicio de respiración es la propuesta de Antonia Valero para recorrer su obra sin extraviarse. Desde las tinieblas del cuerpo de la pintura, esta artista sigue el curso de la materia que quiere desbordarse, a través de las heridas de un espacio sólo aparentemente hermético, en un chorro de pintura ensangrentada que se desliza por la trama del tejido pictórico.

La estructura, meticulosamente ordenada, de las primeras tablas, inspiradas en los poemas de San Juan de la Cruz, envueltas por mallas metálicas y recogidas sobre sí mismas, limita y, al mismo tiempo, filtra lo visible. Visibilidad de la pintura que, a través de la retícula geométrica, pasa toda entera al orden del discurso lingüístico, de manera que signo y cosa; nombre y representación se funde en una única imagen. Ejercicio que implica necesariamente separación y exclusión de lo que abarca la malla metalizada. Sin embargo, misteriosamente, todo lo excluido vuelve a reaparecer: como fantasma, como aparición desconcertante. Así la pintura voluntariamente ocultada se desvela, casi imperceptiblemente en un juego de adivinación solo para miradas adiestradas. La estricta ordenación de estas obras está justificada por cuanto sabemos que ocultan y comprimen el fondo irracional de un caos siempre dispuesto a manifestar su presencia. Por ejemplo, Noche Oscura reclama otra percepción del mundo, inestable y misterioso, que se transparenta en la red de una pintura rigurosamente construida.

Pero el trabajo de esta pintora no se detiene en este viaje de exploración hacia el interior de sí misma y de la pintura. Así en las últimas obras, inspiradas, esta vez en la lectura de José Ángel Valente, nos presenta una poética de las heridas del artista; de las cicatrices de la pintura. Incluso el material que envuelve el espacio plástico se metamorfosea en una malla blanda y suave como aquella que se adapta al cuerpo, Estas últimas obras hacen explícito algo que en las anteriores sólo había sido sugerido: debajo de la abstracción más pura se esconde una metafísica de la sensualidad. Apartándose de la estilización decorativa y de los peligros del formalismo, en las últimas obras la pintura rezuma a través de la cuadrícula, como impelida necesariamente a salir, a mostrar sus cicatrices.

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