Alfredo Coll. Madrid 1985

Notable acierto de Toña Valero en esta su primera aventura con el color; colores tapizando formas, con la misma y exacta naturalidad con la que el rocío surte la esencia del punto de humedad cada amanecer a las flores del parque.

Parece no posible ya, contemplar como de su fuerza irrefrenable, puedan surgir tan bellas proporciones y perspectivas de los canales de Venecia visitados o de una flor cualquiera que me expresa todo un torrente amor y de silencio. No hay engaño ni fealdad. Acaso las flores del parque no surgen con sencillez extrema cada año nuevo. Así Toña nos envuelve de un perfil y de un ámbito creados y transportados a los papeles con verdadera y única forma que tiende a sintetizar su adorable animalismo de objeto o canal, de flor o barco.

Todavía se me hacen innecesarias las palabras; inútiles por otra para expresar un significado sólo posible en el Arte: contemplarlo y conmovernos. Que haya una ínfima parte de nuestro interior, detenida en incertidumbres y en verdades reflejadas por un exterior.

Tal es el caso de Antonia Valero. Comenzando de nuevo. Sorprendiéndonos de nuevo con su delicado quehacer pictórico.

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