Aitor Zubillaga nos presenta en esta ocasión las piezas luces del interior I, II y III, creadas con materiales recogidos en su entorno, que luego mezcla hábilmente con piezas de fundición.

Madera y bronce en las obras arriba mencionadas adquieren significados profundos de valor y de intensidad con matices insospechados, que resaltan los extremos, atraen nuestra mirada y evocan múltiples recuerdos.

Zubillaga mezcla sabiamente la madera encontrada, marcada por el tiempo y rudimentaria en su antigua belleza con las formas en bronce, trabajadas, depuradas y engarzadas como soplos que mantienen los umbrales de lo misterioso, de la búsqueda incansable de la belleza, de la expresión de las emociones que se encuentra en las cosas aparentemente más sencillas.

En luces del interior hay que atender a la esencia, quiero decir, no sólo se trata de la forma exterior de las obras, sino de la relación que establecen estas formas entre sí, de su diálogo, de su ritmo y de la intensidad de la melodía cromática que susurran los distintos materiales.

Se puede decir que en el espacio de la mixtura reside su atracción, su valor, su sonido y que entre ellos se encuentra la verosimilitud de su existencia y el eje central del que emanan estas luces del interior.

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