Desde la línea y la geometría utilizadas para establecer sus retículas. Diego Canogar nos presenta, en esta muestra individual para El Gayo Arte, unas piezas de hierro corrugado a modo de caparazones o esqueletos cuya presencia adquiere una nueva organicidad dentro de su ya habitual lenguaje estético.

En la construcción de piezas como roca grande, roca aérea, y cropolito, observamos los ecos de obras anteriores. Pero también las huellas de algún lugar no habitado. Naturalezas muertas que superan la apariencia meramente formal, y reclaman necesariamente nuestra más atenta mirada. Objetos humildes, desprotegidos que tienen el valor recóndito de lo inútil pero necesario.

Y así, al susurro de la música urbana, Diego controla el corte y lo articula a la manera de un explorador que se plantea la noción de espacio como un paisaje industrial.

Piezas íntimas, de aparente fragilidad. Pero también esqueletos fosilizados, y petrificados, donde habitaron otros seres. Como las piedras que Diego recoge en su caminar y colecciona en el estudio.

Un universo personal configurado por un lado con la pesantez de las piezas que asumen y determinan el espacio, fiel al concepto escultórico. Por otro lado con la ligereza que les confiere el tratamiento del material y de la lucha que el artista sostiene en su constante indagación por aunar conceptos. Por encontrar otras formas que según nos dice “transgredan la geometría”.

Así nos describe unos terrenos y sus accidentes donde las líneas se quiebran y forman ángulos. Unos mapas metálicos como montaña y media roca que establecen cruces en el camino, y nos descubren al artista que se sitúa en un lugar singular. Un lugar intermedio que se encuentra entre sentimiento y razón, donde tierra y fuego se unen para transformar la materia en formas únicas que buscan lo esencial y conjugan un diálogo más allá del tiempo.

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