Texto para el catálogo de la exposición CONSONANCIAS. (Obra)

(Notas sobre la obra de Antonia Valero)

Sólo diciendo el límite como tal límite, situándose en él, se puede trazar el mapa de la confusión en la niebla de las analogías.     Antonio Monegal

La obra plástica de Antonia Valero es ambigua en su superficie: heridas abiertas, llagas cosidas, planos superpuestos, sutiles huellas, volúmenes palpitantes, cromatismo austero, signos ilegibles… El germen de estas tensiones se encuentra en el uso de materiales industriales (mallas, acero, fibra de vidrio, níquel o latón) unidos a la incorporación de herramientas plásticas tradicionales como la pintura o el papel. Ahora bien, pese a las connotaciones semánticas que pueden aportar estos materiales, el sentido último del trabajo de Antonia Valero se encuentra en la propia construcción de la imagen plástica, entendida ésta como un espacio alternativo a lo real: “Es necesario –ha señalado la artista– crear espacios diferentes a los habituales”.

Otros espacios

El deseo de enfrentarse a la tradicional ambición de la pintura de constituirse en representación mimética de la realidad tuvo su principal hito en la abstracción europea de entreguerras. Ya fuese entendida como reducto donde el hombre podía refugiarse de una existencia doliente o como revulsivo trasgresor de los valores dominantes, la abstracción determinó un nuevo tipo de creación autosuficiente del mundo visual que se eximía de la necesidad de subordinarse a otras formas de conocimiento o de resolución de la realidad.

Esta tendencia, que encontró su momento culminante en la abstracción heroica y de los años cincuenta, mantendrá un ritmo fluctuante en los modos de la pintura de la segunda mitad de siglo y renacerá con especial vigor en la década de los noventa. La distancia de estos nuevos abstractos finiseculares con respecto a los capítulos anteriores, especialmente con el idealismo trascendental de la escuela de Nueva York, vendrá determinada por un carácter heterodoxo que los críticos han simplificado a través de términos como “abstracción redefinida”, “abstracción contaminada” o “abstracción excéntrica”, entre otros.El trabajo plástico de Antonia Valero pertenece a esta generación de difícil catalogación grupal, donde además se suman nuevos procedimientos, experimentaciones y contextos creativos. En este sentido, es importante destacar el trabajo de Antonia Valero en el campo del vídeo y la imagen digital, positiva diversificación –cuando cada arista es tratada con el mismo rigor y seriedad– que también parece caracterizar a un gran número de creadores actuales.

Equilibrio inestable

Una primera aproximación al trabajo plástico de Antonia Valero descubre que en la convivencia entre la regularidad geométrica y una “sutil expresividad” de carácter orgánico. Efectivamente, la artista vigoriza el contenido pictórico mediante el acento en los elementos emotivos pero sin dejar de regularizar la composición a través de la retícula. La suma de ambos modos produce un cruce de temperaturas equidistante del rigor constructivista y de la sugerencia lírica. Dentro de este sistema tectónico encontramos equilibrios, desplazamientos axiales y elementos adicionales, de tal manera que en la totalidad resulta determinante el juego de tensiones entre la simetría y la desviación. Lejos de constituirse como una simple opción estética, la combinación de modos que elabora Antonia Valero revela una alta complejidad semántica y una elaborada sintaxis; ahora bien, esta arquitectura visual es laberíntica y enigmática pero siempre transitable: la estructura visual de muchos trabajos de Antonia Valero es como un interminable cruce de senderos. El espectador, convertido en un alter ego de Teseo, intenta verificar la existencia de una entrada y una salida, un inicio y un desenlace, pero a la artista no le interesa mostrar de forma evidente la resolución del problema, sino activar el deseo de búsqueda constante en una lectura productiva. Pero, ¿cómo podemos leer estas imágenes? ¿Qué conceptos habitan en ellas? ¿O son, simplemente, abstracciones ornamentales y desprovistas de significado literal?

Sobre la idea de límite

Lo legible es lo entendible, lo comprensible, aquello que se deja leer. Toda declaración de legibilidad es un hecho de conciencia colectiva que confirma un conjunto de normas. Liberarse de dichas normas es un gesto de ruptura que define históricamente a la vanguardia y que funda un nuevo acto de enunciación legible. El arte contemporáneo ha traído consigo una libertad de elección ilimitada y cada uno de los lenguajes propuestos supone una instancia a nuestra experiencia, una suerte de reto a un cambio de apreciación, a un nuevo modo de lectura. La abstracción es paradigmática de este hecho y, por tanto, ha de ser leída desde unos parámetros que no son los que impuso durante siglos la teoría tradicional de los modos en el arte.

La obra de Antonia Valero acepta una lectura desde múltiples ángulos. Sin embargo, existe un concepto que atraviesa en horizontal cualquier tipo de interpretación que queramos establecer de sus trabajos. Me refiero a la idea de “límite” y a su uso tanto en positivo como en negativo. En ocasiones, la línea (elemento autónomo que simboliza el límite) se reitera dentro del plano de representación y la retícula que conforma sirve como una temporalización del espacio, un tempo que por su efecto estructura la imagen desde un sentido próximo a lo musical.

La línea siempre ha estado en la creación plástica de manera más o menos latente, pero oculta por los valores narrativos de la figuración o emborronada por lo decorativo. En el trabajo de Antonia Valero, la propia constitución de la línea como herramienta plástica se establece en el eje central de la imagen, urdimbre y trama de una sintaxis visual que señala el arriba y el abajo para poder situarnos en ese otro espacio diferente a lo habitual.

Pero señalábamos que el límite que diseña la línea también actúa en el trabajo de Antonia Valero en sentido negativo. En algunas de sus creaciones, la línea se torna invisible a través del empleo de mallas reticulares superpuestas y nuestra percepción se vuelve, por fuerza, más intuitiva. Sin referencias espaciales concretas, la imagen plástica se manifiesta como dolosamente arreferencial y contemplativa. De este modo, la artista se deshace de la jerarquía que impone el signo geométrico y muestra el abismo que, hasta entonces, nos vetaba la retícula.

Palabras…

“Words, words, words” respondía Hamlet a Polonio cuando éste le preguntaba qué estaba leyendo. Palabras que asignan existencia a las cosas. Palabras que cuando las oímos o las leemos generan una imagen; o imágenes que, cuando las vemos, las traducimos inmediatamente en palabras.

Existen continuas referencias al contraste entre la palabra y las artes visuales en el primer tratado teórico literario, la Poética de Aristóteles, y del segundo de los grandes documentos antiguos en esta ciencia, el Arte Poética de Horacio, procede el lema que ha propiciado el cotejo de las dos disciplinas artísticas por excelencia: ut pictura poesis. Este factor de continua influencia entre escritura y plástica adquirirá una peculiar relevancia en el arte contemporáneo con la presencia directa del texto en las artes visuales pues es en el siglo XX cuando la relación entre los códigos plásticos y lingüísticos brotará como el empeño por explorar reinos contiguos y hacerlos cooperar en un complejo maridaje. La complejidad de la relación paratextual entre la palabra y la imagen que plantea Antonia Valero en su serie sobre las cartas entre San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús sirve no como mero intercambio de sentidos, sino como herramienta para que palabra e imagen se hagan (re)significar, respectivamente. De hecho, la artista cambia los escritos de ambos poetas por los símbolos que rodean al abecedario en el teclado de la máquina de escribir. Lo legible ya no es el texto, sino la propia obra plástica que asume como parte de su composición ese texto codificado e ininteligible.

Mientras la pintura utiliza medios o signos yuxtapuestos ─figuras y colores distribuidos sobre el soporte o en el espacio─, la poesía utiliza medios o signos sucesivos que van articulándose a lo largo del tiempo. De ahí el carácter espacial de las artes visuales frente al carácter temporal de la escritura. Como ha señalado John Berger la imagen visual estática niega el tiempo en sí misma (“la misma jarra vertiendo siempre la misma leche, el mar con las mismas olas que nunca llegan a romper, la cara y la sonrisa invariable”).

Consciente de los mecanismos que construyen de manera eficaz una imagen, Antonia Valero elimina la temporalidad del texto, su posibilidad de lectura, a través de una taquigrafía intransferible. Por otro lado, la artista evita el caligrama y mantiene la estructura rectangular del soporte-carta y el orden lineal del contenido. Desposeído de su dimensión temporal y travestido con el carácter espacial de los recursos plásticos, el texto se convierte en una huella sutil que oculta tanto como revela. Así construye Antonia Valero unas piezas evocadoras, donde la referencia cultural se difumina para poner en pie una bella reflexión sobre los modos de comunicación, el paso del tiempo y la persistencia de la memoria.

Siguiente→